
R. Tú debes realizar la revolución de la oración, porque cuando reces verdaderamente, como desea la Virgen, tu vida cambiará. Comenzando con el Rosario, he aquí lo que te digo: el Rosario es una oración típicamente mecánica si no te esfuerzas. Entonces, ¿qué debes hacer? Pablo VI, en la encíclica "Marialis Cultus" (n.47) dijo: "Si no es oración contemplativa es un cadáver sin alma", un cuerpo sin alma. Poco vale tu Rosario si no es oración contemplativa. Entonces debes hacerte este propósito: cuando reces el Rosario, deténte en el misterio y mira si puedes decidir algo práctico; pregunta a la Virgen, "¿qué debo decidir en este misterio?" y Ella seguro que te iluminará. Por ejemplo, lee el misterio en el Evangelio, porque enunciarlo simplemente te dice muy poco. Si tú, en cambio, coges la página del Evangelio que habla del misterio, es otra cosa. Alárgate meditando el Rosario, luego detén la atención en una palabra del Ave María, una es suficiente. Cuando digas "ruega por nosotros pecadores, ahora", párate en la palabra "ahora" y comprenderás que en el momento en que oras, quizás debas perdonar, quizás debas sintonizarte con la voluntad de Dios, corregir algo en ti. Pon atención en una palabra y verás como los Rosarios te convierten verdaderamente: antes que rezar muchos Rosarios, reza uno más breve, pero como lo quiere la Virgen y comunícate realmente con Ella. A medio Rosario te darás cuenta de que todavía no te has comunicado con la Virgen y que tu pensamiento está lejísimos. Te despertarás y dirás: "No, quiero comunicarme con la Virgen"; entonces te detendrás en algunas palabras porque éste es el verdadero Rosario.
R. Es más fácil hablar con Dios que escucharlo, pero recuerda que lo que tú le dices a Dios no es más importante porque Él ya lo sabe; al contrario, lo importante es lo que Él tiene para decirte. Cada vez que reces, haz una pausa de silencio prolongada para entrar en la presencia de Dios. Piénsalo presente en ti en la SS. Trinidad y pregúntaLe: "Señor, ¿qué quieres decirme hoy?" Ayúdate mucho con la palabra de Dios, el Evangelio. Pregunta por ejemplo: "¿Qué quieres decirme hoy sobre mi caridad, sobre mis deberes, o sobre mi manera de acercarme a la S. Eucaristía?" Si no recibes la respuesta enseguida, recuerda que el Señor habla siempre con un pequeño velo porque nosotros tenemos necesidad de la espera, la fe, la humildad. No te alarmes si no tienes una respuesta rápida a tu insistencia; tu pregunta debe ser sincera; luego, la respuesta te vendrá quizás en pleno día. Ejercítate en la escucha.
R. La oración debe ser contacto con Dios. Intenta preguntarte después de esas media horas, horas de oración si te has comunicado con Dios: alma-alma, corazón-corazón con Dios. Difícilmente lo habrás hecho porque es necesario un ambiente para hacerlo. Por tanto, cuando os reunís todos juntos, es hermoso que participéis en la oración común, pero recordad que antes deberíais haberos comunicado con Dios en la intimidad. Debes descender a la conciencia y escuchar bien qué quiere Dios de ti y esto sólo puedes hacerlo con la oración del silencio. Sólo con la oración personal, tu participación en estos grupos será muy sincero y verdadero. Sin oración personal, hasta la liturgia queda vacía. Habla mucho en el grupo de esta oración silenciosa.
R. No te preocupes por eso, porque Dios no necesita información, pero es hermoso que tú te concentres e implores al Espíritu Santo sobre cada persona para que Él pueda actuar en ellas y llevarlas allá donde deben ir. Es útil que cuando reces por una persona en particular, vayas a lo práctico: "Hazme comprender qué puedo hacer yo por esa persona". Entonces la oración se hace constructiva porque te arremangas y ayudas a esa persona. Es fácil ayudar a alguien con las palabras, pero no con los hechos o con el comportamiento.
Fuente: www.ecodimaria.net